Al parecer en el año 2016, visité el icónico parque 12 de febrero, de la ciudad de Táriba. Así me lo ha recordado un borrador antiquísimo que nunca vio la luz, y apenas se gestó con cuatro parcas líneas:
Los rayos del sol combatían con los densos nubarrones que auguraban una lluvia deseada: así transcurrió el día, finalmente ambos fenómenos tuvieron su oportunidad. La tarde soleada la disfruté en el parque "12 de febrero"; ubicado en la entrada a la ciudad de Táriba, por la vía de San Cristóbal, se encuentra este espacio de esparcimiento público.
¡Vaya descripción! Y aunque sobre la ciudad todavía la lluvia y el sol discutan por tostar o mojar a los incautos del asfalto, esto se escribió hace cuatro años, antes de que el parque se mudase y confundiese en la memoria de niños y adultos; ahora, la maleza y la soledad abordan por igual sus espacios, ya no hay quien juegue, aunque todos tienen tiempo. Pero es que un enemigo invisible, mortal, increíble, que la humanidad combate: rindiéndose, no creyendo, sobreviviéndolo, ha finalmente desterrado las risas y el sudor de los parques, para que se transformen en pequeños bosques.
Pero si retomo el borrador, es porque lo he vuelto a visitar. He recorrido sus espacios, he observado y recordado dónde jugaba de niño con mis familiares, hay sitios donde pateé un balón, o me escondí tras de un árbol, donde rogué por unos minutos más prolongar nuestra visita, por allá me caí y me levanté, y por todos lados jugué y respiré el mismo aire que ahora hiede a soledad y a la miseria que se forma de un bosque que no debía estar allí. Me aborda ahora mismo una nostalgia irrefrenable, curiosamente esa mañana solitaria (al principio), no era la tristeza quien me acompañaba; era una sonrisa incómoda, febril, nerviosa que buscaba junto a mí, un sitio donde profanar las reminiscencias de una fausta niñez.
Así fue como sobre un árbol que en otros tiempos inocentemente trepé, le vi poner sus manos, blancas y afiladas; le vi los dibujos de su espalda; los variopintos y opacos colores de su piel se reverdecían con los rayos de sol y el verdor de la hierba invasora; en vez de la lúdica esfera que tanto placer me dio en ese parque, vi dos lúbricas formas redondas, contiguas, geométricas, acorazonadas. ¿Correría tras de ellas, como antaño tras el esférico juguete? No, soy un hombre ahora, lo supe porque corría en mi cuerpo la sangre envenenada por las azules derrotas que no más el tiempo concede, y por un irrefrenable deseo de besar aquella calipigia aparición.
Lo venía pensando en el camino, pero allí lo decidí, removí la piel sintética que me esconde sobre la piel caucásica que le ofrecería. Era un sátiro en un bosque taribeño, ahora ese, es mi recuerdo.